Sin olvidar cuáles son sus orígenes, Valencia se ha convertido en una ciudad de un dinamismo y modernidad sin parangón. Ha conseguido adecuarse a los nuevos tiempos combinando en perfecta armonía el pasado tradicional con el futuro de la ciencia y el conocimiento. Es un destino insospechado que nos maravillará.
Para entrar en el corazón de la ciudad que ha realizado el cambio urbanístico de mayor envergadura de España, primero debemos conocer sus raíces. El centro histórico de la ciudad de Valencia posee joyas arquitectónicas que merece la pena conocer. Por tanto, en nuestra primera jornada valenciana acudiremos a la Lonja de la Seda (plaza del Mercado, 31), que se encuentra frente al famoso Mercado Central y a la Iglesia de los Santos Juanes. Este edificio de espectacular belleza, también conocido como la Lonja de los Mercaderes, fue construido entre los años 1482 y 1498. Por ser uno de los ejemplos mejor conservados, más impactantes y representativos de la arquitectura gótica civil tardía de Europa, fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1996.
Sus muros de piedra albergan cuatro partes que configuran un conjunto arquitectónico de más de 2.000 metros cuadrados. Ya en el pórtico de entrada, llamado "portal de los pecados", podremos disfrutar de un fantástico ejemplo de representación artística. Si observamos la decoración de este acceso, encontraremos labradas varias figuras desnudas que representan los pecados originales. En la Torre, hay un calabozo donde los ladrones de seda eran retenidos mientras esperaban la llegada de las autoridades. El Salón Columnario nos sorprenderá por sus dimensiones y por el tamaño y belleza de las columnas, que representan los troncos de las palmeras. El Patio de los Naranjos nos dará un momento de tranquilidad antes de pasar al Consulado del Mar, institución que servía para tratar asuntos de los mercaderes. No podemos decir que hemos estado en la Lonja sin pasar por la Cámara Dorada del Consulado, cuyo techo de madera policromada nos dejará sin palabras.
A poca distancia de la Lonja, se encuentra la Catedral de Santa María, es sede del arzobispado de Valencia y conocida popularmente como “La Seu”. Esta basílica, ubicada en la Plaza de la Reina, se construyó sobre los restos de la antigua mezquita que data de la época romano-visigoda. Aunque contiene elementos del románico, del gótico francés, del renacimiento, del barroco y del neoclásico, el estilo constructivo predominante es el gótico catalán o mediterráneo. Desde el exterior, nos llamará la atención su campanario de estilo gótico valenciano, denominado el Miguelete o Micalet, que es un emblema para los valencianos y uno de los monumento más característicos de la ciudad.
En el interior de esta hermosa construcción, tendremos un sinfín de lugares para contemplar. Sin embargo, antes del tradicional recorrido, podemos tomar una escalera de caracol que conduce hasta la terraza. Desde allí, divisaremos la ciudad hasta el mar y nos haremos una idea más clara de la envergadura de esta capital portuaria. Es impagable su fondo único de pinturas del Quattrocento de toda la Península Ibérica y la Capilla del Santo Cáliz, de estilo gótico florido. En ella, resaltar el excepcional retablo, tallado en alabastro, que enmarca el Santo Cáliz en una vitrina y es uno de los tesoros más apreciados de la Catedral.
Te recomendamos que durante tu estancia en Valencia visites el zoológico de nueva generación Bioparc.
Nos hemos sumergido en el centro histórico de la ciudad y podemos darnos una vuelta por algunas de sus calles antes de ir a comer. A lo largo de este recorrido resulta fácil encontrar lugares peculiares en los que podemos adquirir objetos de artesanía, tales como abanicos pintados a mano, artículos de cuero o accesorios de moda, y algunas antigüedades. En la plaza de la Merced, localización fallera importante, a la mitad de la calle del músico Peydró, nos toparemos con un pequeño mercadillo, donde también podremos comprar algún recuerdo.
Y como necesitamos combustible para poder seguir disfrutando de esta ciudad y no queremos alejarnos mucho del centro, iremos a comer al restaurante Abadía D'Espí (plaza del Arzobispo, 5). En este establecimiento podremos disfrutar de un ambiente agradable con una vista estupenda del Micalet, si nos sentamos en una de las mesas que da a la plaza. Algunas de las delicatessen de su carta dignas de destacar son la ternera con salsa de miel y mostaza, los halillos de queso con gambas o el delicioso pastel blanco. Sin olvidarnos de catar algún vino de la tierra ya que dispondremos de una bodega muy interesante para descubrir.
Para reposar la comida, nada mejor que un paseo por el Jardín del Turia, asombroso parque de más de 100 hectáreas, emplazado en el antiguo lecho del río Turia. Esta zona verde cruza Valencia desde la Ciudad de las Artes y las Ciencias hasta el nuevo Bioparc que alberga el Zoo. Gracias a su extensión, veremos que se han podido construir campos de futbol, áreas pobladas totalmente de árboles, fuentes cuyos chorros de agua salen al compas de la música y hasta un trenecito para verlo entero.
Si orientamos nuestros pasos hacia el puerto nos encontraremos con el Palau de la Música. Este edificio, diseñado por el arquitecto Ricardo Bofill e inaugurado en 1987, es considerado como uno de los auditorios más importantes de Europa. En el acceso principal, contemplaremos cómo se alza una gran bóveda acristalada que queda integrada de forma armoniosa en el entorno ajardinado que la rodea.
Y, ya que estamos en Valencia, no podemos pasar por esta ciudad sin visitar el Museo Fallero, situado al frente del Palau de la Música, en un edificio que fue antiguo convento de los Padres Paules. Aquí tendremos la ocasión de contemplar los ninots que, desde 1934, han merecido el indulto y se han salvado de consumirse en el fuego durante las fallas.
Una tarde sin merienda es como un jardín sin flores. Así que aunque hayamos quedado saciados con la comida, haremos una parada en uno de los locales más típicos de Valencia: la horchatería de Santa Catalina. Está situada junto a la Plaza de la Reina y tiene a sus espaldas dos siglos de tradición. En la entrada del establecimiento, decorado al estilo tradicional valenciano, veremos expuesta la mesa en la que se sentó la Infanta Isabel en varias visitas a este establecimiento. Su fama le viene dada por la elaboración artesanal de helados, horchata, fartones, churros y buñuelos de calabaza, entre otros suculentos dulces.
De vuelta al centro, iremos a buscar un sitio para degustar la típica paella valenciana merecedora de fama internacional. El restaurante El Romeral (Gran Vía del Marqués del Turia, 62) es un clásico de Valencia y su aspecto señorial nos transportará a los años 40, cuando abrió sus puertas al público. En este local no sólo disfrutaremos de su carta, sino también de un servicio siempre atento y de trato familiar con sus clientes. Dispone de una oferta con recetas caseras de arroces, lubina, cordero y marisco, con la que se nos hará la boca agua. Y si nos queda hueco al terminar, es recomendable que probemos el mantecado de limón y canela o su tarta de manzana.
La noche valenciana también ofrece lugares de copas y marcha, por lo que disponemos de una oferta amplia de locales, dependiendo de la zona a la que nos dirijamos. En Cánovas encontraremos pubs; en el Carmen, bares de chupitos de todo tipo y de gente muy variopinta; y en el Xúquer, se encuentran los locales de más éxito entre la juventud. Durante los fines de semana, podemos encontrar grupos de Tunos en el bar Mare Nostrum, que cantarán gustosos a las mujeres que se presten a escucharlos. Pero si lo que queremos es bailar, las discotecas más visitadas se encuentran en las zonas de Viveros, avenida Blasco Ibañez, en la avenida Primado Reig y en la calle que va a Alboraya.
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Tras un primer día en la que hemos conocido la Valencia más tradicional, realizaremos una segunda jornada admirando la parte más nueva y vanguardista de la ciudad. Por ello, nuestro destino será la Ciudad de las Artes y las Ciencias, un conjunto de edificios diseñados por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava e inaugurado en 1998. Para llevarnos una idea aproximada de este espectacular complejo arquitectónico, deberemos planificar bien nuestra visita y repartir las siguientes horas entre sus edificios.
De todos ellos, resultan particularmente llamativos, el Hemisférico y el Oceanográfico. Al primero se le conoce también como "el ojo de la sabiduría" y reúne en un mismo espacio el Planetarium, un cine Imax, y el Laserium, todos pensados para asombrar al espectador con las fantásticas sensaciones que ofrece la nueva tecnología en imagen. El segundo es considerado como el mayor acuario de Europa con 110.000 metros cuadrados y 42 millones de litros de agua. Alberga más de 45.000 ejemplares de 500 especies marinas diferentes, y está estructurado en diez grandes zonas. Las áreas marinas reflejan los hábitat del Mediterráneo, los océanos Ártico y Antártico, los mares tropicales, los mares templados, las islas y el mar Rojo.
Si vamos con niños o somos adultos curiosos, no podemos perdernos el Museo de las Ciencias. Este centro educativo, que recuerda al esqueleto de un dinosaurio, acerca al público las asombrosas herramientas del trabajo de los científicos, y divulga los avances de la ciencia y de la tecnología. En cuanto a la oferta cultural de este espacio, nos interesa conocer el Palacio de les Artes, que dispone de cuatro salas espectaculares y fue ideado para apoyar y promocionar el patrimonio musical y del arte escénico valenciano, español y universal.
Además del conjunto arquitectónico, disfrutaremos de los extensos equipamientos verdes que se han dispuesto alrededor. Y, si queremos darnos un respiro en algún momento de nuestro recorrido, podremos pasear por sus parques y jardines, y observar a las especies vegetales autóctonas valencianas (jara, romero, lavanda, madreselva, buganvilla...).
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En vez de quedarnos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, nos desplazaremos a El Palmar para comer. Esta población, de menos de 800 personas, se encuentra rodeada de arrozales, barracas, y lugares únicos como el lago de la Albufera. Y comeremos en el restaurante La Sequiota (calle Vicente Baldoví, 9), que está ubicado en un lugar privilegiado: el centro del Parque Natural de la Albufera, junto al embarcadero. Disfrutaremos de la cocina típica valenciana con su oferta de all i pebre, paellas, arroz a banda, arroz con buey de mar, fideua, mariscos y pescados, y una estupenda selección de postres caseros.
Ya que estamos en la zona de la Albufera, deberíamos aprovechar para bajar la comida y conocer uno de los humedales más importantes del mundo. El Parque Natural de la Albufera, con 30.000 hectáreas, se formó hace millones de años como resultado del asentamiento de la arena procedente del choque de los ríos Júcar y el Turia. Fue declarado Parque Natural en 1986 y en él habitan una fauna y una flora autóctonas que dejan atónito a quien lo visita por primera vez. Además, existen embarcaderos repartidos por las orillas del lago donde podemos coger un albuferec, el barco típico algo mayor que el barquet (que se usa para pescar), y disfrutar de un descansado paseo.
También, dependiendo de lo cansados que estemos, podemos hacer una ruta de senderismo ecológico por la dehesa para disfrutar de las dunas, la playa y otras poblaciones, como El Saler. O, si nos hemos quedado con ganas de saber más sobre la formación del lago, su gran riqueza de aves acuáticas o actividades como la pesca, visitaremos el Museo Etnológico, en la isla de El Palmar.
Para despedirnos de Valencia, qué mejor que ver un impresionante atardecer desde el Mirador de la Albufera. Este lugar, de vistas espectaculares, nos otorgará un tiempo para relajar la vista y apreciar la ruta de dos días que está concluyendo. Si cerramos nuestra visita en este punto, disfrutaremos de un recuerdo relajado que nos invitará a volver para seguir conociendo y explorando una ciudad mágica y su entorno.
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