España es un país de castillos. Durante siglos, han marcado la fisonomía y la historia de muchos pueblos y ciudades. Ahora, lejos de los tiempos de batallas y reconquistas, los castillos sirven como reclamo para los visitantes, ansiosos de conocer más cosas de su legado histórico. Estos son algunos de los mejor conservados de nuestro patrimonio común. Merece la pena conocerlos.
Este es quizá el castillo mejor conservado de España. Esta maravilla de la arquitectura gótica y renacentista es, a la vez, un homenaje al material que ha marcado la región en la que se ubica, al pie del Guadarrama: el granito. El castillo de Manzanares el Real ofrece imágenes sugerentes, espacios sorprendentes y, lo mejor, nos permite descubrir un entorno natural único.
Lo primero que llama la atención del castillo es su fantástica situación, protegiendo con su sombra el pequeño pueblo de Manzanares El Real (www.manzanareselreal.org), a un paso del embalse de Santillana y con la sierra de La Pedriza a la espalda. Estamos en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, considerado reserva de la biosfera (www.madrid.org) y uno de los paisajes más visitados y recomendables de toda la Comunidad de Madrid.
Nuestro protagonista está aquí desde 1475, cuando se inició su construcción por orden de Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado e hijo del ilustre Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana y autor de las famosas serranillas. Los Mendoza, convertidos en señores de la zona, ya habían edificado una fortaleza, el castillo viejo, al otro lado de la ribera del Manzanares, justo donde este desemboca en el embalse de Santillana. Pero querían erigir otra fortaleza, más grande y majestuosa, que demostrara su nueva condición de familia favorita de la Corona. Y lo consiguieron con el castillo nuevo −erigido sobre los restos de una ermita románico-mudéjar−, que tuvo una función eminentemente residencial. Aun así, todavía se pueden contemplar las ruinas de una parte del castillo viejo.
Lo primero que llama la atención del castillo es la simetría de la fachada principal, con las dos torres que protegen la puerta de acceso. Nos recibe el perímetro de la barbacana (el primer cinturón de protección), que en los ángulos se refuerza con los cubos de vigilancia. En las saeteras −rendijas defensivas por donde se lanzaban las saetas y las flechas−, aparece en bajorrelieve la cruz del Santo Sepulcro de Jerusalén, título que ostentó don Pedro González de Mendoza, cardenal y hermano del fundador del castillo. La planta del castillo es cuadrada, con imponentes torres cilíndricas, menos la torre del homenaje, más ancha y cuadrada, con un acabado octogonal en la parte superior. En los muros de las torres, podemos observar la característica bola isabelina.
El patio es rectangular, con dos galerías. La superior está adornada con amplios ventanales con arcos de medio punto y columnas octogonales. En la de la planta principal se nota la mano del maestro Juan Guas, arquitecto favorito de los Reyes Católicos y principal responsable de la mezcla del estilo mudéjar (en almenas y matacanes, y en el uso del ladrillo para enmarcar los bloques de granito) y del gótico.
En el interior, el castillo ha sido protagonista recientemente de una profunda remodelación, con la creación de un centro de interpretación (tel.: 918 530 008) y el acondicionamiento de una sala de audiovisuales. También se han ampliado las salas destinadas a las tres exposiciones permanentes: una dedicada a la colección de tapices flamencos del siglo XVIII, otra a armaduras de época y una tercera consagrada a la figura del ya citado marqués de Santillana, uno de los máximos autores castellanos del Renacimiento que, sin embargo, nunca llegó a vivir en el castillo.
Curiosamente, la función residencial del castillo nuevo duró muy poco. En 1566, menos de un siglo después del inicio de las obras, los Mendoza dejaron el palacio. Sus intereses, y los de la corte, se habían mudado a otra parte y vivir en la fortaleza resultaba muy caro. Quedó deshabitada y empezó a sufrir algún deterioro. La cercanía con Madrid y su situación en un entorno privilegiado hizo que, en los años cincuenta del siglo pasado, se convirtiera en el escenario de varias superproducciones históricas de Hollywood. La más famosa fue El Cid, protagonizada por Charlton Heston y Sophia Loren en 1961. Posteriormente, pasaron por la zona del Manzanares Anthony Quinn, Clint Eastwood o Arnold Schwarzenegger.
Desde el castillo se tiene una excelente vista sobre el Manzanares. Allí podemos completar nuestra estancia con una visita a otros puntos de interés: el molino del Cura, junto al curso del río; la fuente de las Ermitas, pequeña y ciclópea estructura de bloques de granito; el puente de la Cañada Real; las ruinas del castillo viejo; la iglesia renacentista de Nuestra Señora de las Nieves, y, sobre todo, la ermita de Nuestra Señora de la Peña Sacra. Construida entre los siglos XVI y XVII sobre una ermita anterior, desde su pórtico tendremos una gran panorámica sobre la mole granítica de La Pedriza, presidida por El Yelmo. Pero para inmortalizar la mejor postal posible sobre Manzanares y su castillo, tendremos que ir hasta el mirador del Embalse. En la hora de la puesta de sol, el granito de La Pedriza, el verde de las arboledas, la figura del castillo y el azul del agua se unen para crear un conjunto espectacular y único.
La misma sensación de singularidad la obtendremos si queremos probar el sabroso cocido de la sierra o algunos de sus estupendos embutidos artesanales. Lo podemos hacer en los pequeños pero excelentes restaurantes que siguen sorprendiendo a los visitantes. Es el caso de El Yelmo (avenida de La Pedriza, 69; tel.: 918 530 655), Casa Julián (avenida de La Pedriza, 128; tel.: 918 530 486) y Peces-Casa Marga (avenida de Madrid, 16; tel.: 918 530 723).
Durante todo el verano puedes disfrutar de la programación que la Comunidad de Madrid ha preparado para ti en el Castillo del Manzanares El Real. Un conjunto de actividades artístico-culturales en el que destacan los ciclos de música, un fin de semana medieval, espectáculos de luces y sonidos y visitas teatralizadas nocturnas.
Orgullo de una villa fuertemente asociada con Isabel la Católica, el castillo de La Mota estuvo considerado en su época, finales del siglo XV, como el mejor y más revolucionario de Europa en cuanto a técnicas defensivas y de construcción. Hoy, su efigie de ladrillo rojizo, dominada por la torre del homenaje, sigue conformando una estampa que impresiona.
La historia del castillo de La Mota (tel.: 983 812 724) comenzó en 1440, cuando la poderosa familia de los Fonseca (también relacionada con el castillo de Coca) comenzó su construcción aprovechando una esquina de la antigua muralla árabe que se situaba sobre una pequeña mota o colina. Poco a poco, Medina del Campo (www.medinadelcampo.es) fue cobrando importancia en las sangrientas luchas dinásticas de los Trastámara (Medina fue ocupada en varias ocasiones) y el castillo comenzó a ser reforzado.
Cuando Isabel se convirtió en señora de Medina del Campo, en 1468, la futura Reina Católica hizo de Medina y del castillo su plaza fuerte. En él destaca primero la disposición del recinto amurallado exterior, la barbacana, hundida por debajo del nivel del suelo y defendida por un foso. Para hacerlo, se tuvo que destruir el barrio sobre el que se asentaba el castillo. Estamos en una época en la que la artillería comenzaba a ser un arma ofensiva. Como a los cañones les cuesta apuntar hacia abajo, la idea era forzarles a disparar sobre las almenas, no sobre la base del castillo, que resistiría el ataque. En la puerta de acceso principal (que no está orientada directamente hacia el frente, precisamente para evitar que un ataque artillero pudiera franquear el paso a los asaltantes), se colocó en 1482 el escudo de armas de los Reyes Católicos, que dejaban bien clara su predilección por esta fortaleza.
Por detrás de la barbacana, que cuenta con cubos defensivos en los ángulos y en el centro, está el recinto del castillo propiamente dicho. De planta trapezoidal, llaman la atención las dimensiones de la torre del homenaje, de planta cuadrada y 38 metros de altura. En la parte superior se abren cuatro matacanes igualmente almenados. Sobre la terraza había una segunda torre almenada, de la que hoy solo quedan los restos. Desde esta atalaya se divisaba no solo Medina del Campo, sino toda la comarca de Rueda.
En el patio de armas, llama la atención la réplica de la portada gótica del hospital de la Latina de Madrid. Desde el patio, podemos subir por la escalera de estilo gótico flamígero que nos lleva hasta la planta noble. Aquí se encuentran el salón de Honor y el mirador de la Reina. Según cuentan, fue en esta sala donde Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, pasaba las horas esperando el regreso de la batalla de su amado esposo, Felipe el Hermoso.
La torre del homenaje fue residencia real y también prisión de ilustres cautivos. El más famoso fue César Borgia, quien protagonizó una escandalosa huida en 1506. Como sucede en las películas, Borgia descendió por el exterior de la torre, salvando la distancia al deslizarse por una soga. Como la cuerda era corta, en el último tramo tuvo que saltar al vacío. Finalmente, pudo huir hasta Navarra ayudado por su cómplice, el conde de Benavente, y regresó a Italia.
La estrecha relación de Isabel la Católica con La Mota y Medina se mantuvo durante toda su vida. En el Palacio Real Testamentario (www.palaciorealtestamentario.com) fue donde dictó testamento poco antes de morir, en 1504. Hoy, el palacio es un centro de interpretación y estudio de su figura histórica. Junto con el monasterio de Santa María la Real y la iglesia colegiata de San Antolín, integra parte de la Ruta Isabelina de una ciudad que en su momento fue el mayor centro comercial del reino de Castilla. Podemos comprobarlo si visitamos la Fundación Museo de las Ferias (www.museoferias.net), en la iglesia de San Martín.
Medina es una villa mercantil con una variada gastronomía, en la que destacan la cultura del vino y el gusto por platos como los asados, las carnes a la brasa o la morcilla con pasas y piñones. Podemos probar estas recetas de raíces castellanas en los mejores restaurantes de la plaza Mayor, como el Continental 1904 (tel.: 983 801 014), el Mónaco 1962 (tel.: 983 801 020) y la Tapería de la Plaza (tel.: 983 812 269).
Hasta el cineasta Ridley Scott se rindió a la evidencia: el castillo de Loarre es una de las grandes joyas de la arquitectura románica militar. Su silueta, que domina la comarca de la Hoya de Huesca, es inconfundible: un recinto amurallado compacto, presidido por una impresionante torre del homenaje.
Las primeras fortificaciones del castillo de Loarre (www.castillodeloarre.es) surgieron en el siglo XI, una época convulsa de luchas entre reyes y señores cristianos y musulmanes. Entre 1015 y 1023, el rey Sancho III el Mayor de Navarra ordenó la construcción del primer núcleo, formado por el edificio real, la capilla de Santa María y el torreón de la Reina, además de las estancias militares y de servicio. Su idea era usar el privilegiado enclave del castillo, ubicado sobre un pequeño poblado mozárabe, para controlar Bolea, localidad clave para la posterior reconquista de esta zona.
Al ser etapa de continuas batallas, Loarre siempre demostró su capacidad defensiva y su solidez, que aumentó a la muerte de Sancho III. Entre 1035 y 1063, Ramiro I edificó la torre del homenaje, una antigua torre albarrana extramuros, para garantizar que fuera una plaza inexpugnable. En 1071, el rey Sancho Ramírez dio un acento monástico al conjunto, al levantar los pabellones occidentales y ceder su gestión a los monjes agustinos, que se hicieron cargo de la iglesia de San Pedro.
El recinto se completó mucho más tarde, en 1287, cuando Pedro I hizo levantar la muralla exterior, que cierra el recinto por el sur, ya que el resto está defendido por la propia roca en la que se asienta. Esta muralla, todavía en pie, tiene un perímetro de 172 metros, con torres circulares, excepto la torre cuadrada que sirve para proteger la puerta de los Reyes. Hay una segunda puerta, la Oriental. Por esta época, la frontera de la Reconquista ya se había desplazado hacia el sur y Loarre perdió parte de su importancia estratégica.
Durante años, la propiedad del castillo estuvo en disputa entre varios señores y los reyes de la Corona de Aragón, que no lo recuperaron de forma definitiva hasta 1468. Estas disputas hicieron que el castillo cayera en desuso e incluso que los habitantes de Loarre abandonaran la protección de sus muros para irse hacia el valle, donde se encuentra el pueblo en la actualidad, a unos 3,5 km del castillo. Una prueba concreta de esta pérdida de importancia está en que los tesoros de la capilla real del castillo pasaron a guardarse en la iglesia de San Esteban de la Huerta, en la nueva villa. Es ahí donde tenemos que ir para ver la arqueta con las reliquias de san Demetrio o las imágenes de san Pedro y de la Virgen del Castillo.
Por así decirlo, Loarre desapareció de la historia oficial de Aragón. Pero esta desaparición benefició en el fondo al castillo. Lejos de disputas y batallas, sus muros han llegado hasta nosotros conservando una atmósfera que hace que, en cualquier momento, esperemos la llegada del señor del castillo y de sus huestes. Esto es lo que sintió, sin ir más lejos, el cineasta Ridley Scott, el director de Alien y Blade Runner, cuando escogió la fortaleza altoaragonesa para ambientar la primera parte de El reino de los cielos, su epopeya ambientada en las Cruzadas, protagonizada por Orlando Bloom.
Y es también lo que sentiremos nosotros desde lo alto de este promontorio de roca caliza que se alza a 1070 metros de altura. Conforme nos acercamos por el sur, sorprende la altura de sus muros, que salvan el desnivel del terreno. La puerta y la escalera de acceso son estrechas, con bóveda de cañón y una austeridad típicamente militar, igual que la cripta de Santa Quiteria.
A través de una pequeña escalera, llegamos a la iglesia de San Pedro, una joya del románico aragonés. La nave está separada por un crucero de planta cuadrada, con una cúpula diáfana de 26 metros de alto. Esto es muy poco habitual, ya que las iglesias y capillas de montaña suelen ser de techos bajos y robustos. Esta altura permite que entre la luz diurna, lo que refuerza el efecto de las pinturas que decoran los capiteles de las columnas del ábside. También podemos visitar las dependencias de los monjes, los calabozos o la sala de armas.
Cruzamos hasta el patio de armas de la fortaleza primitiva. Aquí ya se trata de deambular por todo el recinto. En los pabellones occidentales se encuentra el mirador de la Reina, un balcón que ofrece una vista sensacional sobre la comarca. Para finalizar, observaremos la torre de la Reina y la torre del homenaje, señera con sus 22 metros de altura. Con cinco plantas, era el refugio perfecto en caso de asalto, ya que estaba un poco segregada del recinto y solo se podía llegar a ella atravesando un puente levadizo.
Visitar Loarre es, además, una excusa perfecta para conocer esa zona del Alto Aragón, a un paso del Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara. Cuenta con alicientes gastronómicos, como el restaurante Venta del Sotón (www.ventadelsoton.com), en Esquedas, a 15 kilómetros. Por fuera, es perfectamente reconocible ya que se trata de una casona aragonesa con paredes forradas de hiedra, tejado de pizarra y chimenea circular. Dentro, debemos probar su menú regional. Las migas a la pastora con uvas, el bacalao ajoarriero o las costillas de ternasco de Huesca son para chuparse los dedos.
Nunca dejará de sorprendernos comprobar cómo el magnífico edificio que tenemos delante de nosotros, uno de los mejores castillos de la Europa del siglo XV, debe su grandeza a la humildad de su principal materia prima: el ladrillo. En Coca, los maestros alarifes mudéjares consiguieron cotas de originalidad y funcionalidad como en pocas ocasiones se había visto.
Todo comenzó con Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, quien, en 1453, consiguió el permiso real para levantar una fortaleza en Coca. Pero el secreto del castillo de Coca (www.castillodecoca.com) estuvo en la decisión del verdadero impulsor de la obra, otro Alonso de Fonseca (sobrino del arzobispo), de dejar plena libertad a los alarifes mudéjares, con Alí Caro al frente, para que, en 1473, comenzaran la construcción de la fortaleza. Lo primero que se hizo fue, siguiendo la moda de la época, habilitar un amplio y disuasorio foso para que la incipiente artillería no pudiera hacer mella en la primera línea de defensa, la barbacana. A partir de este momento, los arquitectos pudieron innovar como quisieron, aprovechando el desnivel natural de un meandro del río Voltoya, en la parte sudoeste de la antigua muralla.
Estos constructores fueron los que usaron el ladrillo tanto para los muros, las almenas, las troneras y los matacanes como para las torres y las construcciones interiores. Durante nuestra visita, veremos las soluciones que aplicaron en la capilla, en la sala de armas −donde admiraremos los mosaicos mudéjares− e incluso en la galería de la torre del homenaje, donde se halla una exposición de armas y armaduras. Lo mejor es llegar hasta el mirador de la torre, a 40 metros de altura desde el foso y 25 desde el patio. Desde aquí, nos hermanamos visualmente con Santa María la Mayor, iglesia del siglo XVI, levantada sobre una anterior, donde se encuentran los sepulcros en mármol de Carrara de los poderosos Fonseca. Al otro extremo de Coca nos encontramos con la torre de San Nicolás, único resto de la iglesia del mismo nombre y que, con su forma de minarete cuadrado, nos recuerda el pasado mudéjar de la villa.
Pero no salgamos todavía del castillo. Nos queda por ver la galería norte, la sala de los Jarros o de los Secretos −con los restos de unos frescos mudéjares−, el patio de armas y la hipotética mazmorra. Decimos hipotética porque, a pesar de las creencias locales, los prisioneros de Coca eran personajes ilustres y poderosos que, ciertamente, no acabarían con sus huesos en lo que, con toda seguridad, no era más que un depósito o almacén.
En el castillo (gestionado por Acture de Coca, tel.: 617 573 554) se encuentra la sede del Centro de Formación Agraria, dependiente de la Junta de Castilla y León. Se fundó en 1958, cuando terminaron las profundas obras de remodelación que dejaron la fortaleza (que sigue siendo propiedad de la Casa de Alba, pero está cedido a la Junta) como la vemos actualmente. El castillo se reintegró de nuevo en la vida de Coca (www.coca-ciudaddecauca.org), una ciudad marcada por su pasado. No hay que olvidar que, en el año 347, nació aquí el famoso emperador Teodosio el Grande, el primero en conceder al cristianismo niceno o catolicismo la condición de religión oficial del imperio.
Ese pasado también queda patente en los tres verracos de granito de origen celtíbero que son uno de los símbolos de Coca. Hay uno incrustado en la muralla exterior del castillo. Los otros dos están junto a la puerta de la Villa, la única superviviente de las tres que tenía la muralla de la ciudad en los siglos XII y XIII, y por la que se salía camino de Segovia. De la muralla, que en su momento iba a terminar donde ahora está el castillo, quedan 200 metros de lienzo, con cuatro torres. Frente a ella, se encuentra la curiosa Cruz de Setién. En 1620, un vecino de Coca, Antonio de Setién, dejó estipulado en su testamento que sufragaba el coste de levantar una nueva cruz que reemplazara a una muy antigua de madera. Y ahí sigue.
En el mismo lugar, frente a la puerta de la Villa, cruzando la avenida de Icona, nos encontramos con el restaurante La Muralla (www.restaurantelamurallacoca.com). Aquí probaremos otro de los alicientes de esta localidad segoviana, su cocina: huevos rotos, cochinillo, chorizo, lomo de olla, sus canapés de autor… Todo estará tan sabroso como esperamos.
De planta circular, es uno de los castillos más originales de Europa. Su figura nos hace pensar tanto en un baluarte de difícil conquista, asentado en la cima de una montaña defendida por el bosque, como en su condición de palacio residencial de los reyes de Mallorca. Desde su terraza se tiene una gran vista sobre la bahía de Palma y el centelleante Mediterráneo.
El castillo de Bellver (www.palmademallorca.es) está a tres kilómetros del centro urbano de la capital mallorquina, justo por encima del bosque que tapiza la colina del Puig de sa Mesquita, de 112 metros de altura. Para entrar en él, tenemos que superar primero una curiosa barbacana, sin torres ni cubos de defensa, que se adapta a la orografía del terreno y a la particular silueta del castillo.
Su construcción comenzó en 1300, por orden del rey Jaime II, y duró nueve años. En seguida se convirtió en la residencia preferida por el monarca, orgulloso de su singularidad. Trabajaron en él un grupo fijo de obreros, así como un grupo de esclavos reclutados a la fuerza en los campos de batalla. Bellver (buena vista, en mallorquín, por las panorámicas sobre Palma) mantuvo su condición de residencia y palacio de verano hasta el año 1717, cuando se convirtió en prisión militar. Entre 1802 y 1808, fue la morada obligada de Gaspar Melchor de Jovellanos, ministro de Hacienda de Carlos IV caído en desgracia ante el poderoso Godoy. La salud de Jovellanos se resintió mucho, pero tuvo tiempo para escribir varias obras dedicadas al castillo. En 1821, el recinto fue transformado en fábrica de moneda. Lejanos ya sus tiempos militares y palaciegos, finalmente en 1931 el castillo de Bellver fue cedido a la ciudad de Palma.
Si nos situamos en el patio de armas, seguirá sorprendiéndonos su disposición circular, más próxima a un teatro o a un coso taurino. La galería de la planta baja tiene arcos de medio punto y techos planos. En las salas interiores se encuentra el Museo de Historia de la Ciudad, en fase de ampliación. En la planta principal, la galería de acceso es gótica, con bóvedas de crucería. Aquí podremos visitar la capilla de Sant Marc, la sala de Jovellanos, el salón del Trono, la antigua cocina y la sede de la Colección Despuig de Escultura Clásica.
Pero lo mejor llega cuando pisamos la terraza. Hacia el exterior, se abren tres torres semicirculares. Tenemos unas sensacionales vistas sobre Palma, donde destacan dos monumentos que podemos visitar en cuanto bajemos a la ciudad. Uno es La Seu o catedral (www.catedraldemallorca.org), una maravilla gótica de los siglos XIII-XIV. El otro es el baluarte de Sant Pere, parte del antiguo recinto amurallado que defendía la ciudad y su puerto desde el siglo XVI. Ahora es la sede del Es Baluard Museu d’Art Modern i Contemporani (www.esbaluard.org), una de las principales instituciones culturales de Palma.
En Bellver todavía nos queda por visitar la reconocible torre del homenaje, separada unos siete metros del muro principal. Esta esbelta construcción llega a los 33 metros de altura y tiene cuatro plantas, con una escalera de caracol interior. Es famosa porque en su interior se encuentra S’Olla, un subterráneo que se convirtió en una terrible mazmorra. Su leyenda se acrecentó con varias historias que se hicieron populares entre los mallorquines. Una de esas leyendas hace referencia a las cuevas de Bellver. Se trata de unos pasadizos hechos por el hombre que ya estaban documentados en el siglo XIV. La tradición asegura que eran unos pasadizos secretos construidos por el rey para escapar en caso de asedio y pérdida de la fortaleza, y que unían Bellver con el palacio de la Almudaina. Su salida desemboca en un torrente cercano al puerto, con lo que la teoría de que eran vías de escape es bastante creíble.
En Palma, además de un clima excepcional y de una gente muy hospitalaria, disfrutaremos de la riqueza de su cocina, especialmente de los arroces y los pescados, o del intenso sabor de una buena sobrasada artesanal. En el centro mismo de la ciudad está el restaurante Parlament (Conquistador, 11; tel.: 971 726 026), donde encontraremos un ambiente sofisticado y tranquilo con especialidades como la escalivada de queso de cabra o el lomo de rodaballo. Si lo preferimos, en el próximo Puerto Portals, puerto deportivo de lujo lleno de buen ambiente, tenemos el Tristán (www.grupotristan.com), donde el propietario y chef alemán Gerhard Schwaiger siempre tendrá un buen plato con el que hacernos los honores.
© Conselleria de Turisme. Ajuntament de Palma. Loarre Turismo Activo S.L.
Para saber más sobre los castillos de España:
www.castillos-de-espana.com
www.castillosnet.org
www.palmademallorca.es