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Top five miradores

España, con otros ojos

Cuántas veces nos hemos lamentado de que no hemos tenido tiempo de ver un paisaje, o que no hemos podido parar a admirar cierto monumento histórico. Pero eso tiene una solución: conocer y visitar algunos de los mejores miradores de España. Estos enclaves en la naturaleza o construcciones hechas por la mano del hombre nos permiten congraciarnos con un país, el nuestro, que nos sigue asombrando por su singularidad y belleza.

© Turismo Andaluz. Turismo de Granada. Turismo de Ronda y Andrés Aguayo Maldonado. Sociedad Regional de Turismo. Principado de Asturias. Carlos Spottorno, Barceló Hotels & Resorts.

Mirador de Sa Creueta, en el cabo de Formentor

Hay pocos espectáculos que puedan compararse con la imagen de rocas escarpadas y picos cortados a tajo que caen en vertical sobre el mar. Eso es lo que ocurre en el cabo de Formentor, en el extremo septentrional de Mallorca. Se trata de un brazo de tierra, calcinado por el sol del Mediterráneo, que ofrece algunas de las mejores vistas de todo el archipiélago.

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El cabo de Formentor es la prolongación física de la sierra de la Tramuntana, montañosa espina dorsal que atraviesa la parte septentrional de la isla. Es una sierra agreste y dura, que contrasta con el entorno mediterráneo que esperamos, capaz de recibir la nieve en los meses más crudos del invierno. A cambio, nos ofrece panorámicas que quitan el hipo. Conoceremos algunas de ellas gracias a nuestra ruta por el cabo.

El trayecto comienza en el puerto de Pollença (www.ajpollenca.net/index.es.html), desde donde sale la carretera MA-2210, que nos guiará hasta nuestro destino final. Esta es la única carretera que se atreve con la orografía del cabo y, dados sus desniveles y curvas, es necesario centrarse en la conducción. Las vistas quedarán, de momento, para los pasajeros, a la espera de encontrarnos con los diferentes miradores.

Por suerte, el mirador de Sa Creueta o Colomer está muy cerca, a 5 kilómetros. Dejamos el coche en el aparcamiento y, con mucho cuidado, nos asomamos al precipicio de más de 200 metros de altura sobre el Mediterráneo, que bate sus olas justo debajo de nosotros. Si levantamos la vista, admiramos una de las postales más conocidas de Mallorca: un pequeño cuerno de tierra que se adentra en el mar, el islote de El Colomer y la figura del monte Pal. Una estampa que impacta a cualquier hora, aunque la puesta de sol es el momento más apetecible.

Desde el mismo aparcamiento sale una pequeña carretera que nos lleva a la atalaya de Albercutx, una antigua torre de vigilancia que ocupa el centro geográfico del cabo. Aunque estamos rodeados por mar, seguimos en constante ascensión. Llegamos a los 380 metros y las vistas son igual de impresionantes, con el lejano faro al frente, el comienzo de la Tramuntana detrás y la bahía de Alcúdia que parece prácticamente a nuestro alcance. Al estar en el paso entre las dos vertientes del cabo, aquí se acentúa el efecto del viento.

Seguimos nuestra ruta por el cabo de Formentor, escenario de contrastes. Lo comprobamos cuando la carretera nos deja a un paso de la cala Pi, en la playa de Formentor. Es una de las playas favoritas de los mallorquines (y de miles de turistas, claro), y es de fácil acceso a pie. La arena es blanca y fina, las aguas limpias (algunos las comparan con las del Caribe) y está resguardada del sol por un pequeño pinar que da sombra a los bañistas. A 300 metros de la línea de playa se encuentra el Hotel Barceló Formentor (www.barceloformentor.com), un enclave de lujo en el que han pernoctado desde Winston Churchill hasta Mijaíl Gorbachov. Es un establecimiento exclusivo, pero merece la pena probar en algún momento la bondad de su restaurante, con unas vistas magníficas. Otra opción más económica es el restaurante Platja Mar (tel.: 971 899 100).

El siguiente aparcamiento que aparece en la ruta es la puerta de acceso a dos pequeñas calas en las que, si el tiempo y el mar lo permiten, el baño es una auténtica delicia. Nos toca elegir. Más cercana, orientada hacia el mar abierto, se encuentra cala Figuera, a la que accedemos a pie. Al otro lado, en el litoral de la bahía de Alcúdia, se encuentra cala Murtra. El camino es más largo y pesado, con unos 3 kilómetros de descenso, que después tendremos que subir, pero pasaremos por encinares y puede ser que sorprendamos a algunos de los pocos burros salvajes de Mallorca.

A la salida del túnel del Fumat tenemos otro mirador, en este caso sobre la cala Figuera. Volvemos a comprobar la sensación de vértigo que causa el desplome casi vertical sobre los escollos de la costa. A estas alturas, ya nos hemos dado cuenta de que debemos poner toda nuestra atención en la carretera, ya que en algunas zonas no hay quitamiedos.

Además, poco a poco notaremos cómo la carretera serpentea todavía más si cabe. Estamos llegando al final de los 18 kilómetros asfaltados ideados por el ingeniero Antonio Parietti Coll (a quien se le dedica un monumento en Sa Creueta). Los últimos virajes cerrados son la antesala del faro del cabo de Formentor. Estamos en un verdadero nido de águilas, un peñasco desamparado a 200 metros sobre el mar. Al menos, la zona cuenta con un pequeño bar para poder reponer fuerzas y sentarse a descansar. A nuestro alrededor, veremos el perfil accidentado de esta parte de Mallorca, el anuncio de Alcúdia y la península de Llevant y, si tenemos suerte, podemos divisar la línea de la costa de Menorca en el horizonte. Un espectáculo que nos hará reconocer que las constantes subidas y bajadas y el tiempo pasado en la carretera han merecido la pena. Nos llevamos con nosotros unas panorámicas y unas sensaciones que nos acompañarán durante mucho tiempo.

Mirador de San Nicolás

Esta es una de las mejores puestas de sol del mundo, con la Alhambra delante de nosotros, las callejuelas del Albaicín a nuestro alrededor y la solemnidad de Sierra Nevada presidiéndolo todo. Es difícil escapar al embrujo de este mirador, que nos permite admirar una ciudad tan fascinante como Granada.

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Lo mejor es que para llegar al mirador de San Nicolás, tendremos que conocer antes el barrio del Albaicín, uno de los rincones más fascinantes de toda Andalucía. Durante siglos, el Albayzín, como también se le conoce, ha tenido su propia personalidad, a veces desvinculada de Granada. Pasear por sus callejuelas de casas encaladas y cuestas empedradas es toda una experiencia. Es conveniente llevar siempre un plano, ya que el barrio, asentado sobre una colina, mantiene la disposición laberíntica de la época nazarí y es fácil perderse en él.

Podemos comenzar nuestra visita en la bulliciosa plaza Larga, epicentro de la vida del barrio. Pasamos después por el arco de las Pesas y, en cinco minutos, estaremos en la iglesia de San Nicolás. Aquí tenemos nuestro objetivo: la plaza del mirador de San Nicolás. Es imposible que apartemos ya nuestros ojos de la vista sobre el recinto de la Alhambra, justo delante de nuestros ojos. La plaza, empedrada y presidida por una cruz de piedra, suele estar siempre llena de gente, sobre todo turistas atraídos por las vistas. También veremos numerosos cantantes callejeros de flamenco, a la espera de la gratitud de los visitantes. Dependiendo de a qué hora vayamos, podemos encontrar el mirador lleno de gente, en muchos casos ocupando la sombra que dan los árboles ya que aquí el sol puede ser de justicia. Pero hay que intentar cumplir una de las tradiciones y sentarse en el pequeño muro que da sobre el callejón de las Tomasas a la hora de la puesta de sol, la que el expresidente estadounidense Bill Clinton calificó un día “como la más grandiosa que he visto nunca”. Es a esa hora cuando los rayos del sol forman una postal inigualable sobre los muros rojizos de la Alhambra (www.alhambra-patronato.es).

También vemos, algo separado, el palacio y los jardines del Generalife, y, después, la inconfundible silueta del monumento histórico más visitado de España. De izquierda a derecha, aparecen el Peinador de la Reina, la Torre de los Comares, el campanario de la iglesia de Santa María, el palacio de Carlos V, la alcazaba, la Torre de la Vela y, ya en el descenso natural de la colina de La Sabika, las Torres Bermejas. Lógicamente, estas vistas solo pueden completarse con una visita a la Alhambra, donde nos esperan las maravillas de los palacios nazaríes, como el renovado Patio de los Leones, el Patio de los Arrayanes o la Sala de Dos Hermanas. Un consejo: compre sus entradas con mucha antelación para evitar las colas o, incluso, la sorpresa de no poder acceder al recinto debido a su controlada capacidad.

Pero antes, tenemos que aprovechar nuestra privilegiada situación en el corazón del Albaicín. No podemos irnos sin conocer los famosos cármenes, las casas tradicionales del barrio. Mantienen la disposición morisca de sus orígenes: muros encalados que cierran la vista al forastero; dentro, patios con huertos y jardines, con un intenso olor a jazmín y otras flores. Podemos visitar de forma libre el Carmen Museo Max Moreau, conocido también como el carmen de los geranios, que está muy cerca (Camino Nuevo de San Nicolás, 12; tel.: 958 293 310). También podemos comer en uno de ellos, en el restaurante Mirador de Morayma (www.miradordemorayma.com), donde podremos conocer los platos típicos del barrio, como el salmorejo, los espárragos crujientes, la morcilla con manzana o la tortilla de sesos.

También sería imperdonable no adentrarnos en el mundialmente famoso barrio del Sacromonte. Se encuentra en las estribaciones del Albaicín y a los pies de la Alhambra, ya fuera de los límites por entonces reconocidos de la ciudad. Sus habitantes, judíos y musulmanes, fueron expulsados por los Reyes Católicos después de la conquista de 1492. Sus viviendas, la mayoría cuevas horadadas en el monte, fueron ocupadas por los gitanos que acompañaban a los monarcas en su campaña militar. Artesanos y artistas, pronto erigieron su propia comunidad. Cuna del mejor flamenco, hay que visitar el Museo de las Cuevas del Sacromonte (www.sacromontegranada.com) para conocer mejor cómo son estas singulares viviendas. Y no podemos irnos sin comprobar en directo el ambiente de sus veladas flamencas y sus reconocidas zambras, fiestas gitanas en las cuevas que duran hasta la madrugada (www.cuevaslostarantos.com). Para los amantes del flamenco genuino, es imprescindible asistir a una de las actuaciones de la Peña Flamenca La Platería, una de las más importantes de España (www.laplateria.org.es).

Mirador del Fito, en Arriondas

En el mirador del Fito lo tenemos todo al alcance de nuestra vista: los Picos de Europa, la sierra del Sueve, las playas y los acantilados del Cantábrico… Subidos a bordo del cazu, podemos observar la grandeza del paisaje asturiano. Y seguro que nos entrarán ganas de realizar una pequeña excursión o de recorrer con más detenimiento sus pueblos pintorescos.

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El Fito (Fitu, en asturiano) es uno de los mayores orgullos de Asturias, como queda demostrado por su origen. Todo comenzó en 1925, con una excursión de varios prohombres de la zona, entre ellos el doctor Pimentel, el alcalde y el director de Correos de Parres, a la Collada de la Cruz de Llames, como se denominaba el lugar. Todos coincidieron en que las vistas eran excepcionales y que se tenía que hacer algo para dar a conocer este legado al resto del país. No fue hasta 1927 cuando los promotores pudieron hacer frente al coste del mirador, cifrado en 11 000 pesetas de la época, toda una fortuna. Se lanzó una campaña de suscripción popular a través de los periódicos asturianos que fue todo un éxito. Había contribuciones individuales y colectivas (de 5 y 25 pesetas, respectivamente) y varias empresas aportaron el material de construcción y se encargaron de la logística de forma desinteresada. Así, en 1927 se pudo inaugurar esta curiosa construcción.

El mirador, a diferencia de las explanadas y de los balcones, naturales o no, a los que estamos acostumbrados, es en realidad una especie de ovni de hormigón que se levanta unos metros sobre el suelo, con una barandilla de hierro forjado en la escalinata. La intención era que permitiera a los visitantes salvar el obstáculo visual de los árboles cercanos sobre la panorámica. Todo merecía ser perfecto. Rápidamente, fue bautizado como el cazu (taza, en asturiano) por los lugareños.

El éxito de la iniciativa fue rotundo desde sus inicios. Una de las claves de este éxito es su fácil acceso, en coche, tomando la carretera AS-260 desde Arriondas (www.arriondas.com), capital del concejo de Parres. Dejamos el coche en el aparcamiento y bordeamos las rocas de la cima para llegar, al otro lado, al mirador. Subimos (habrá que esperar un poco si hay mucha gente) y, desde los casi 600 metros de altura, contemplamos el paisaje: al norte vemos el Cantábrico (el litoral se encuentra a poco más de cinco kilómetros), con las playas de Caravia, la comarca de Villaviciosa y la desembocadura del río Sella; al sur, los concejos de Parres, Cangas de Onís y Covadonga; al oeste, las cimas nevadas de los Picos de Europa (reddeparquesnacionales.mma.es/parques/picos) y del resto de la cordillera Cantábrica. Los habitantes de la zona aconsejan ser madrugadores para no perderse el espectáculo del mar de nubes, cuando parece que las montañas surgen entre un mar de algodón antes de que el sol las disipe.

El mirador del Fito también nos servirá como punto de partida para conocer mejor la sierra del Sueve (www.sierradelsueve.es), un espacio protegido. Para empezar, a diez minutos andando tenemos el antiguo refugio de montaña, actualmente cerrado, que ofrece muy buenas vistas, entre ellas sobre el propio mirador.

Otro punto de atracción es el cercano picu Pienzu. Con 1161 metros de altura, es la cima más alta de la sierra. Desde el mirador, surge un sendero perfectamente señalizado, que nos llevará hasta él. Es una ruta de 600 metros de desnivel que podemos cubrir, de ida y vuelta, en unas 5 horas. Lo mejor, como suele ocurrir, es el camino. Pasaremos por los pastos y las fuentes del Bustacu y Mergullines, donde seguramente divisaremos algunos asturcones, los famosos caballos monteses asturianos. Después del collado de Beluenzu, el camino se empina hasta la cima. Aunque no tiene mucha dificultad, es conveniente llevar calzado cómodo y provisiones para comer en el alto del Pienzu, justo debajo de la cruz metálica de cinco metros que señala la cima.

Para degustar la gastronomía de la zona, en Arriondas hay dos restaurantes muy recomendables: El Corral del Indianu (www.elcorraldelindianu.com), donde la fabada es una auténtica obra de arte, y el mesón sidrería El Rincón del Castañu (Ramón del Valle, 3; tel.: 985 841 674). Atención a su foie casero y a las truchas (del Sella, por supuesto) rellenas. Para los más sibaritas, hay dos citas gourmet a las que conviene hacer caso: hacia el este, tenemos el concejo de Cabrales (www.cabrales.org), mundialmente famoso por su queso de potente sabor; hacia el oeste, ya en el corazón de la comarca de la sidra, cada 9 de mayo se celebra en Santa Eulalia de Cabranes (www.cabranes.es) el Festival del Arroz con Leche. Es, como se suele decir, para chuparse los dedos.

El mirador del Estrecho, en Tarifa

Estamos ante uno de los pocos y privilegiados lugares en los que podemos contemplar dos continentes al mismo tiempo: Europa, a nuestro alrededor, y África, a apenas 15 kilómetros. En medio, se encuentra el ancho brazo azul que supone el estrecho de Gibraltar, lugar de paso de animales y hombres desde hace cientos y miles de años.

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El mirador del Estrecho se encuentra a tan solo seis kilómetros del centro urbano de Tarifa, en la vertiente mediterránea del finis terrae gaditano. Para llegar a él, tenemos que tomar la carretera N-340 hasta la subida al alto del Cabrito, a 340 metros de altura. La salida surge a la derecha. Una pequeña carretera nos llevará hasta el modesto mirador. Modesto por sus proporciones y por los servicios, ya que apenas hay un bar cafetería donde podemos tomar un tentempié o comprar algún recuerdo, y unos antiguos telescopios para turistas.

Pero en cuanto nos percatamos del entorno que nos rodea, la modestia desaparece. Ante nosotros tenemos una amplia extensión del paisaje de los cerros del Estrecho, ocupados por alcornocales y arbustos que han sabido adaptarse a la principal característica meteorológica de esta zona, el viento. Hay que tener cuidado con los gorros y los papeles, pues podemos perderlos de vista de inmediato. Ese viento, que a veces puede ser incómodo y que barre desde el Atlántico hasta el Mediterráneo, es, sin embargo, el que también ha hecho de esta zona la capital europea de deportes como el windsurf o el kitesurf.

Pero volvamos al mirador, situado dentro de los límites del Parque Natural del Estrecho (www.juntadeandalucia.es/medioambiente), que abarca desde la bahía de Algeciras hasta el cabo de Gracia, ya en la costa atlántica. Normalmente, la visibilidad es perfecta, aunque las torres de alta tensión puedan afear nuestras fotografías. Podemos apreciar la ensenada de El Tolmo, con las ruinas del antiguo fortín destruido por los ingleses en 1810, o, a nuestras espaldas, el comienzo del Parque Natural de Los Alcornocales, que abarca buena parte del interior de la provincia de Cádiz. Junto al Parque Natural del Estrecho, forma parte de la Reserva de la Biosfera Intercontinental del Mediterráneo.

Lo mejor está delante de nosotros. Es básico ir equipado con una buena cámara o unos prismáticos. Así no nos perderemos detalle de un fabuloso espectáculo. En el cielo, podemos descubrir especies como la cigüeña blanca, el halcón abejero o el milano, incluso águilas imperiales y halcones peregrinos, además de las aves que cruzan el Estrecho en su migración a África. En el agua, si tenemos suerte y el temporal no hace de las suyas (y si el intenso tráfico de embarcaciones nos deja), observaremos los saltos de cetáceos como delfines, marsopas y calderones. Para avistar ballenas, orcas y cachalotes, lo mejor es contratar una excursión en las muchas empresas de ocio activo radicadas en Tarifa (aytotarifa.com).

Enfrente, divisamos el imponente monte Musa, un pico de 851 metros de alto que nos da la bienvenida desde el litoral marroquí y que a veces puede tener un aspecto fantasmagórico por el efecto de la neblina que ocasionalmente ocupa la zona. Según la leyenda, esta montaña es hermana del peñón de Gibraltar, y fue separada por Hércules para crear el paso que une el Mediterráneo con el Atlántico. A su izquierda, podemos divisar la actividad del puerto de Ceuta, adonde podemos ir de visita si tomamos el transbordador desde Algeciras.

El mirador no es el único punto atractivo de esta zona. Como ya hemos dicho, en la animosa Tarifa podemos contratar una excursión para avistar cetáceos, o podemos disfrutar de sus playas (Los Lances y Punta Paloma, por ejemplo), tanto tomando un baño como practicando windsurf. Para el turismo más sosegado, tenemos la visita al castillo de Guzmán el Bueno o la oferta de las pequeñas tiendas de su cuidado centro histórico. Siguiendo por las playas del Atlántico, llegaremos a la impresionante Duna de Bolonia, un espacio protegido. Junto a ella, se encuentran las ruinas romanas de Baelo Claudia. Era una pequeña ciudad factoría dedicada a la industria pesquera de la que se conservan restos de edificios como el foro o el mercado.

Nuestra visita a esta zona no puede completarse sin haber probado la mesa de algunos de sus mejores restaurantes. La Codorniz (www.lacodorniz.com) se encuentra en la salida de Tarifa y es reconocido por sus platos con pescados de la zona como la melva y la urta. En el centro histórico, no hay nada como los pescados y mariscos del restaurante Morilla (Sancho IV el Bravo, 2; tel.: 956 684 757). Para los carnívoros, un consejo: hay que intentar conseguir mesa en el abarrotado Vaca Loca (Cervantes, 6), también conocido como Gary’s Place en honor a su dueño inglés. Los asados de su barbacoa, que podemos tomar en la terraza, tienen ribetes legendarios.

Mirador del puente nuevo de Ronda

Nuestro protagonista luce en una de las imágenes más reproducidas de nuestro país: el puente nuevo de Ronda visto desde abajo, que ofrece a la vez una imagen de agilidad y de poder mientras une las dos mitades que componen la ciudad. Una obra de ingeniería que, en la época de su construcción, dejó boquiabiertos a los rondeños, y que nos permite tener las mejores vistas posibles sobre la serranía de Ronda.

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Hasta comienzos del siglo XVIII, los rondeños tenían que cruzar el antiguo puente árabe, todavía en activo. Pero pronto eso implicó dar un rodeo debido al crecimiento de la ciudad y a la separación física e insalvable que suponía la existencia del Tajo, el angosto desfiladero horadado por el río Guadalevín y que parte Ronda en dos.

Esto cambió en 1735, cuando se terminó el primer puente nuevo. Sin embargo, se derrumbó apenas seis años más tarde, ocasionando la muerte de 50 personas. Las autoridades ordenaron la construcción de un nuevo puente. Con el trágico precedente, el resultado tenía que ser perfecto. Las obras comenzaron en 1751 y el Puente Nuevo, bajo la dirección del arquitecto José Martín de Aldehuela, se inauguró en 1793.

Desde entonces, este puente se ha convertido en la imagen por antonomasia de Ronda. Asomarse a él provoca sensaciones de vértigo: una pared cortada en la roca a cien metros sobre el fondo, los peñascos y el curso mínimo del Guadalevín. El secreto del puente radica en los sillares, realizados con la misma piedra de la garganta del Tajo. Estos bloques sostienen los 98 metros de altura del puente, que, sin embargo, no ofrece una imagen pesada gracias a los arcos de medio punto que conforman su silueta y que reparten el peso total. Desde el puente, tenemos una panorámica sensacional de la campiña de Ronda y de las montañas que, durante tanto tiempo, sirvieron de refugio a los bandoleros.

Lo curioso es que la imagen más conocida del puente se obtiene fuera de él. Hay que bajar por uno de los caminos que, desde la plaza de María Auxiliadora, superan el desnivel hasta el arco del Cristo y los restos de la muralla de la Albacara, de origen árabe. Este pequeño recinto servía para proteger los molinos y los rebaños que pacían a orillas del río. Desde este punto, hay que subir la vista y observar la figura del puente y cómo se mimetiza con el color ocre de las paredes de roca.

De nuevo en él, haremos una visita al Centro de Interpretación del Puente Nuevo (www.turismoderonda.es, tel.: 952 870 818), donde conoceremos, a través de una exposición y de un montaje audiovisual, la historia del puente (por ejemplo, durante años este espacio fue habilitado como cárcel) y la insistencia de los rondeños en salvar el Tajo.

Si hemos quedado hechizados por la panorámica, no habrá nada mejor que tomar después el paseo de Ernest Hemingway hasta la Alameda del Tajo, un jardín proyectado en el siglo XIX. Podemos sentarnos a admirar las vistas o acercarnos al borde y ver una curiosa formación en la roca, el asa de la caldera. A nuestra espalda queda la Real Maestranza de Caballería de Ronda (www.rmcr.org). Esta plaza de toros, inaugurada en 1785, es el otro monumento más visitado y apreciado en una ciudad muy taurina. El interior alberga el Museo de la Tauromaquia. Pero lo más destacado es la Escuela de Caballería, fundada por orden de Felipe II en 1573. Desde entonces, Ronda ha unido su historia a ambos animales nobles, los caballos y los toros, y el día más señalado para los aficionados es el de la corrida goyesca, con los diestros ataviados de época.

Ronda tiene otros muchos puntos de interés, como la puerta de Almocábar, entrada principal de la antigua ciudad árabe, del siglo XIII y reformada por Carlos V, y el Palacio de los Marqueses de Moctezuma, donde vivieron los herederos del último emperador azteca. Actualmente es la sede del Museo Joaquín Peinado (www.museopeinado.com). Otra visita interesante es la de la iglesia de Santa María la Mayor, que ocupa la antigua mezquita, y el Palacio de Mondragón, una joya de la arquitectura civil, con sus espectaculares patios y jardines, llenos de fuentes y vegetación que nos devuelven al tiempo de la conquista árabe. Otra curiosidad es el Palacio del Rey Moro. Este edifico del siglo XVIII fue levantado sobre uno árabe anterior, estructurado en varios niveles para salvar la pendiente del Tajo. El interior está cerrado al público, pero podemos visitar los jardines colgantes, obra del famoso paisajista francés Forestier, y la escalera de la Mina, 200 escalones tallados en la piedra que llegan hasta el Guadalevín, donde los primeros habitantes de la casa se abastecían de agua.

Por último, Ronda es una de las grandes cunas de la cocina andaluza. En la corta calle de José Aparicio, a la sombra de la Maestranza, se encuentra el Tragabuches (www.tragabuches.com), que debe su nombre a un famoso torero de principios del siglo XIX, José Ulloa. En él podemos probar una cocina de autor realmente excitante, con platos como el cucurucho de queso o la yema a baja temperatura, que son de los mejores de Andalucía. Para sabores más tradicionales, el restaurante del Parador de Ronda (www.parador.es, tel.: 952 877 500) es perfecto para probar las famosas perdices rondeñas, el ajoblanco o las migas. Si nos quedamos a dormir en él, cuidado con el vértigo. Al abrir la ventana de nuestra habitación, tendremos la sensación de que estamos flotando sobre el Tajo del Guadalevín, justo bajo nuestra mirada. A la izquierda, el Puente Nuevo nos recuerda por qué estamos en Ronda.